Leí en su sombra que ya no regresaría antes del atardecer. Me despedí sin demostrar el menor sentimiento de tristeza, pues no quería que su viaje se retardara por darme explicaciones. Una mirada. Esa fue la respuesta que me dio cuando sus pasos ya lo habían dejado bastante lejos. Reconocí en ella algún sentimiento y creo que fue una alucinación; de seguro mí mente me engaña en ansias de darle sentido a lo que sucedía. En ese momento recuerdo que ha dejado su abrigo, voy a dentro de la casa y lo encuentro reposando en el sillón, y luego corro, tanto así que pareciere una bienvenida, y le toco el hombro y el me mira, coge el abrigo y se va. Nuevamente la indiferencia como es costumbre, desde luego esta no es exactamente la misma, tiene un sabor amargo, a sangre.
Un pequeño viento levanta levemente mis ropas, mis cabellos, las punta del listón de mi cabeza, sin embargo no es suficiente para mover mi concentración, sigo parada ahí, observando como se aleja, anhelando que regrese y que me tranquilice diciéndome que me ama. Pero no es así. De ilusiones no se vive, me dijo un día borracho, cuando le propuse irnos a vivir a otro lugar, donde el viento no derrumbara los retazos de madera con que estaba construida nuestra casa, nuestro hogar. De ilusiones no se vive, me dijo mientras recogía los vidrios rotos cuando los del ESMAD intentaron desalojarnos. De ilusiones no se vive, de ilusiones no se vive, y es esa la palabra que carcome mí alma, que me humilla hasta los huesos, que me repite los de corbata, los del Mercedes Benz y que me repitió mi madre cuando apuntados por cañones eramos desplazados de la finca. De ilusiones no se vive dijo ayer pedro, y no lo comprendí hasta hoy, que lo veo lejos y en busca de ilusiones nuevas.
La noche se arrastra por la trocha como un tumulto de manos que quieren agarrar el color y dejar todo en un homogéneo y pétreo negro. Ya es hora de volver, me susurra el viento. Y camino escuchado el chasquido de mis chanclas con las diminutas piedras del sendero. Algún perro me acompaña pues escucho su ladrido, es Bruno, que me huele y me saluda con sus lenguetazos. Hoy no quiero jugar bruno, le digo. Seguro que comprende, Bruno es un viejo amigo. Al llegar, Bruno bebe un poco de agua del balde de agua lluvias, yo abro la puerta y enciendo la luz. La luz no es compañía, digo para mis adentros, de todas formas esa no es su función, concluyo. Enciendo también la bombilla de afuera, aunque Bruno este dentro de la casa. ¿Quieres comer hoy pedro?, y Bruno me mira con la misma confusión que Pedro cuando le hacía esa pregunta.
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