jueves, 11 de octubre de 2012

El carrito

Esta era una montaña de donde  se elevan cometas  titubeantes en el viento, se dicen versos cariñosos a doncellas carismáticas, se besan labios en ocasiones de dudosos de amor,  falsos o casi verdaderos, también de sentarse en la manga  a mirar la ciudad y sentir la brisa que traspasa nuestros cuerpos y nos llena de frescura.... Aunque en esta se evidencia algo particular; al lado de un hombre viejo, un niño, en la mano del niño, un automóvil de juguete, que ha falta de una llanta, desestabiliza en el polvoriento caminito imaginario. El viejo mira el horizonte pensativo con aire preocupado, el niño entre rumrunes y chirrines le da movimiento al carro, lo alza  por el aire, sonríe con una pequeña mueca de seriedad en su rostro, pues el siente que en este van su padre y su madre,  por consiguiente  no debe manejar con tanta imprudencia, lo baja al suelo y en un intento de hacerse notar, dice eufórico: - ¡papá!, ¡papi! ¡Mire, mire, el carrito va por la carretera! - el hombre le lanza una mirada entre triste y feliz, un exiguo pretexto fallido para que el niño no note la tristeza en su interior, entonces este se atribuye al él la melancolía de su padre, calla y se queda quieto, observando la reacción fría ante su alegría infantil.

Ya hace cuantos años había muerto su esposa, - ¡en el destino no puede existir la lógica! - pensó y como pétalos de cristal las lagrimas iluminaron sus ojos, antes bien no desbordo en llanto en razón de que  el niño aun seguía mirándolo. No entendía como una mujer pulcra, buena en el cuidado del pequeño, cariñosa cuando él mas lo necesitaba, que  lo miraba con tanta ternura, en otras palabras: ¡ella su mayor motivo de vida!, pudiera abandonar este mundo de una forma inmensamente fugaz además de violenta; en un accidente automovilístico. Y sin embargo ya no esta ahí, no esta ahí para refutar contra aquella idea que nacía mientras veía como jugaba, como se llenaban de brillo sus ojos cuando por su cabeza pasaba la mano de su padre, como se quedaba quieto mientras el decidía si lo dejaba abandonado en esta montaña.

El hombre erguido con semblante decidido, dejo atrás la perplejidad de la criatura, abandono la confusión pueril, inicio la desolación de una alma inocente.- ¡papi! ¿Para donde vas?-. Era racional que hiciera esa pregunta aun así no la tenia en cuenta - ¿Quieres tomar algo hijo?-  hemmm shii una cremita de mango-.El no  lo quiso mirar a la cara, es decir no tenia la valentía para darle una sonrisa reconfortante al niño y tranquilizar su miedo. A cada paso el sonido del chasquear de las piedras con la desgastada goma de los roídos y deslucidos zapatos, venia acompañado de un remordimiento ; (quizás muera de hambre ahí) no, seguramente otras personas lo encontraran, ( es tu hijo, sangre de tu sangre, como abandonarlo simplemente porque no tienes trabajo) es lo mejor para los dos, si lo dejo ahí la policía lo recogerá y ya cuando eso pase estaré de viaje, ( es acaso eso lo que hubiere querido su madre, ¡ vuelve por el ahora mismo ! ) esta reflexión lo hizo parar vertiginosamente, parecía que ella lo estuviera regañando, intentando decir lo que el debía de hacer, no obstante la tarde caía, había estado desde las tres pensando que debía de hacer, era mucho tiempo para tomar una decisión en un hombre practico como el, siguió caminando con la cabeza en blanco, deseando imaginar lo mejor, cuando finalmente llego al anden de la calle, vio un minúsculo objeto en el suelo...

El niño jamás desvió la mirada de su padre, el se decía a si mismo, con una extraña madurez precoz, que debía cuidar a su anciano papá, mas aun sabiendo que había estado taciturno en todo el mes y hasta en el pequeño paseo. Recuerda que después de una llamada las cosas comenzaron a cambiar, él más amargado, mantenía mirando los periódicos y bebiendo café, de hecho antes paseaban con cierta regularidad, le dedicaba más tiempo, ocasionalmente jugaban y luego se rompió la rutina, excepto hoy que decidieron dar una caminata con la disculpa de tomar aire.

Una sonrisa de par en par broto sublime, al ver a su padre acompañado de un delicioso helado de mango, entonces no fue capaz de resistir las ansias de correr en dirección a el. El hombre vivió una sensación inexplicable de calidez cuando su hijo, pequeño e inocente avanzaba, con su carrito de la mano y sus risas libres y poco precavidas, saltando como loco las pequeñas elevaciones de la montaña, hasta en ocasiones gritando hacia el cielo anaranjado. Dejo que el movimiento de los pies cesara, decidió ver el panorama que su hijo trazaba con sus saltos alegres, y cuando finalmente el niño estuvo suficientemente cerca de el para abrazarlo, lloro como si la vida le hubiera dado la oportunidad de volver a ver a su esposa después de tantos años, como si los minutos alejado del pequeño hubiesen sido horas, como si este fuese el encuentro mas maravilloso experimentado de su existencia, luego recordó el  primer contacto visual con su hijo recién nacido, las suaves texturas que lo adornaban, el diminuto cuerpecillo, tan frágil y sin embargo tan estructurado; hasta recordó hasta el instante que declaro la conexión hijo- padre, cuando la manito agarro envolviendo por completo su dedo índice.

La tarde se desvanecía a pedazos, las personas bajan abrazadas, cogidas de las manos, felices, agradeciendo el hermoso día que se les había regalado hoy. Muchos vieron la escena del niño saltando con fuerza en la integridad del viejo, muchos desplegaron esa sonrisa de sosiego cuando se ve una muestra de amor, pero nadie entendió lo que ocurría allí; en donde el viejo con lagrimas, entregaba a su hijo una crema de mango y una pequeña llanta, una llanta que encajaba perfectamente en el carrito, una nimia llanta que logro devolver la esperanza perdida a aquel hombre y lo hizo entender que el único recuerdo que tiene de su esposa, es la criatura producto de los dos: su hijo. 

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